Teresa del Conde: una biografía del arte

Escrito por  Antonio Espinoza 10 Mar 2017

Con la muerte de la Dra. Teresa del Conde, el pasado jueves 16 de febrero, concluye una era en la historia de la crítica de arte en México. Junto con Raquel Tibol (1923-2015) y Jorge Alberto Manrique (1936-2016), la insigne historiadora y crítica de arte conformó un auténtico triunvirato que ejerció con autoridad su labor crítica. Durante los años ochenta y noventa del siglo pasado, Tibol, Manrique y Del Conde, fueron los tres críticos con más poder en México, los que llevaban la voz cantante. Esa época terminó con el deceso de la prestigiada doctora, quien el 17 de enero publicó el que sería su último artículo periodístico: “Goya, San Carlos: La Leocadia de Goya”, en el diario La Jornada. Fue el último de los numerosos artículos que publicó en ese periódico a lo largo de casi treinta años; una producción periodística cultural que es tan sólo una parte de su vasta aventura intelectual.

Autora prolífica

Teresa del Conde no nació por generación espontánea: debe su formación a varios estudiosos del arte que la precedieron. Sus “veneraciones” (así les llamaba) eran Justino Fernández y Ernst H. Gombrich. Pero también quiso y admiró mucho a Xavier Moyssén. Y qué decir de su ex maestro y colega Jorge Alberto Manrique, con quien publicó Una mujer en el arte mexicano. Memorias de Inés Amor (México, UNAM, 1987) y Cartas absurdas (México, Editorial Azabache, 2001), este último un libro que con justa razón ella calificó de “delicioso”. Quien igualmente marcó su trayectoria profesional fue Luis Cardoza y Aragón. Precisamente con un ensayo sobre Cardoza, la doctora ganó el Premio Nacional de Crítica que lleva el nombre del poeta guatemalteco en el año 2001. El ensayo fue publicado con el título Diálogo simulado. Luis Cardoza y Aragón en la crítica del arte en México (México, Conaculta, 2002).

            Nacida en la Ciudad de México el 12 de enero de 1939, Teresa del Conde recibió desde muy pequeña una educación muy sólida. Con títulos en historia, historia del arte y psicología, tuvo una larga trayectoria en el medio cultural. Estudió en México, Roma y Londres. En 1974 se convirtió en catedrática en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y, en 1976, investigadora del Instituto de Investigaciones Estéticas de la misma institución. Ensayista brillante, publicó en catálogos, diarios y revistas de nuestro país y del extranjero. Fue columnista del periódico Unomásuno y desde 1988 publicó semanalmente en el diario La Jornada. Sus primeros libros fueron las tesis con las que obtuvo, respectivamente, la licenciatura en Historia y la maestría en Historia del Arte: Julio Ruelas (México, UNAM, 1976) y Un pintor mexicano y su tiempo: Enrique Echeverría, 1927-1972 (México, UNAM, 1979). Su libro más celebrado, sin duda, es ya un clásico: Las ideas estéticas de Freud (México, Editorial Grijalbo, 1986), que corresponde a la tesis con la que obtuvo el grado de doctora en Historia.

            La carrera literaria de Teresa del Conde fue sumamente fructífera. Lectora insaciable, viajera incansable, espectadora de arte de tiempo completo, la doctora Del Conde fue una mujer de una amplia cultura que abarcó los campos del arte, el cine, la filosofía, la literatura, la música y la psicología. Lo mismo podía escribir en su columna de La Jornada sobre una exposición de arte que sobre una película que le gustara, un libro o algún tema polémico de actualidad. Miraba con gran pasión la historia del arte, aunque siempre sintió una fascinación especial por el Renacimiento. De aquella época admiraba a varios maestros del arte universal como Piero della Francesca, Leonardo, Rafael y Miguel Ángel, entre otros. Admiraba también a Caravaggio, un “pintor maldito” que cuando no participaba en riñas callejeras se daba tiempo para pintar maravillas. Suma y sigue: Giulio Romano, Jacques-Louis David, Francisco de Goya, Vincent Van Gogh, Robert Motherwell, Francis Bacon, Lucien Freud y José Clemente Orozco, entre muchos otros autores canónicos.

            La vida de los artistas, el enfoque psicológico del fenómeno artístico, la reflexión histórica del arte. Tales fueron los intereses de Teresa del Conde, quien dedicó monografías a distintos autores: los ya mencionados Julio Ruelas y Enrique Echeverría, Manuel Álvarez Bravo, Frida Kahlo, Rufino Tamayo, Juan Soriano, Francisco Toledo, José Luis Cuevas…El libro sobre este artista (José Luis Cuevas, México, Conaculta/INBA/Espejo de Obsidiana, 2008) fue publicado con motivo de su exposición retrospectiva en el Museo del Palacio de Bellas Artes en 2007 e incluye también un texto del crítico Luis Rius Caso. En otro libro monográfico, Manuel Felguérez. Derroteros (México, Conaculta, 2009), la doctora incluyó textos de diversos autores, entre ellos varios que nos consideramos sus “discípulos”, sobre el veterano maestro zacatecano. En ese mismo tenor, el libro Voces de artistas (México, Conaculta, 2005) contiene 23 entrevistas realizadas por sus alumnos de posgrado en la Facultad de Filosofía y Letras a igual número de artistas vivos, entre ellos Miguel Ángel Alamilla, Luis Argudín, los hermanos Castro Leñero, Magali Lara, Gabriel Macotela, Gustavo Monroy, Roberto Parodi, Arturo Rivera, Luciano Spanó, Germán Venegas y Boris Viskin, entre otros.

            Mención aparte merecen los volúmenes en los que Teresa del Conde reflexiona sobre la historia del arte nacional: Historia mínima del arte mexicano del siglo XX (México, ATTAME Ediciones, 1994), Una visita guiada. Breve historia del arte contemporáneo de México (México, Plaza y Janés, 2003) y Textos dispares. Ensayos sobre arte mexicano del siglo XX (México, UNAM/Siglo XXI Editores, 2014). Estos tres libros son de lectura obligada para entender el arte mexicano del siglo XX y deben leerse en el orden de su publicación, para pasar del carácter didáctico del primero (que incluye índices onomástico y temático realizados por el investigador Enrique Franco), al esfuerzo sintético del segundo y, finalmente, a los ensayos especializados del tercero, que la autora definió como “un discreto conjunto de historias del arte”.

Pasión freudiana

En su libro más íntimo, Sueños, memorias y asociaciones (México, Fondo de Cultura Económica, 2000), publicado con motivo de los cien años de La interpretación de los sueños de Freud, Teresa del Conde se refiere a sí misma como una “psicoanalista frustrada”. Tenía la costumbre de sugerir a las personas que la rodeaban (amigos, colaboradores, familiares, subordinados) que asistieran al psicoanalista para recibir terapia. Estaba convencida de que aún quienes se consideran seres “normales” pueden aprovechar las bondades del psicoanálisis para conocerse más y, por ende, para vivir mejor. Esta idea, sin duda, era resultado de la pasión que sentía por uno de los grandes forjadores del pensamiento contemporáneo: Sigmund Freud. La doctora dedicó gran parte de su vida al estudio de la obra del creador del psicoanálisis, quien sin duda era su máximo héroe cultural. El amor que profesaba a su Padre Freud (así llamaba a su ídolo, con gran veneración) le llevó a realizar un estudio penetrante y revelador sobre la estética en el pensamiento freudiano: Las ideas estéticas de Freud.

            En su libro clásico, Teresa del Conde reúne y da coherencia a las ideas estéticas dispersas en la obra freudiana. El creador del psicoanálisis no escribió un libro sobre estética, pero mostró siempre un profundo interés por esta materia, al grado de que nos dejó dos interesantes escritos sobre arte (uno sobre Leonardo da Vinci y otro sobre el Moisés de Miguel Ángel), algunos textos relacionados con la literatura e importantes observaciones sobre el fenómeno de la creatividad. Del Conde recogió ese material disperso, lo ordenó, le dio un sentido y con sus grandes conocimientos sobre psicoanálisis, logró un ensayo crítico, que puede ser leído incluso por lectores no especialistas (prevalecen en el texto una intención didáctica y una preocupación loable por aligerar el lenguaje para hacerlo más digerible) y en el que se ofrece a los conocedores la posibilidad de profundizar en diversos aspectos del tema tratado.

            Freudiana apasionada, Teresa del Conde afirma en la parte final del libro que si bien el psicoanálisis es un instrumento útil para explicar el fenómeno de la creación, resulta insuficiente si se aplica de manera unilateral, sin tomar en cuenta el peso de los factores culturales, sociales e históricos en la producción artística. Lo que resulta admirable es que aún cuando la doctora reconocía que el método psicoanalítico era limitado para explicar enteramente el fenómeno artístico, siempre se arriesgó en la interpretación psicologista de los artistas y las obras que le interesaban y que consideraba perfectamente abordables desde este enfoque.

            Y es que son numerosos los textos que Teresa del Conde dedicó a la psicopatología en el arte. Su libro Arte y psique (México, Plaza y Janés, 2002) incluye veintiún ensayos, la mayoría textos de conferencias o publicados previamente en diarios, revistas o catálogos. Es un libro sumamente rico en el que la doctora nos habla de surrealismo, discurso psicoanalítico freudiano, locura, excentricismo, pero también de artistas de distintas épocas y latitudes, varios de los cuales padecieron enfermedades mentales. La doctora afirma que la genialidad y la demencia han sido confundidas desde tiempos remotos, que se trata de un binomio que poco tiene que ver con la realidad. Derrumba el mito de la tan mentada relación entre el arte y la locura: cuando el deterioro mental es severo, el potencial creativo disminuye; sólo en momentos de lucidez es posible la creación. La enfermedad mental violenta la vida cotidiana, no solamente del enfermo sino de quienes le rodean. Pero si la inspiración y el talento, combinados con la fortuna, se hacen presentes, es posible que una persona con esquizofrenia u otro trastorno mental, pueda expresar abiertamente su creatividad, bajo determinadas condiciones.

Santa Frida

Teresa del Conde fue una de las principales biógrafas de Frida Kahlo. En 1976 publicó una breve biografía sobre la pintora, que de hecho fue el primer libro escrito exclusivamente sobre ella. El libro nunca se reeditó, pero quedó como el primer intento serio de acercamiento a la artista (los libros de Raquel Tibol, Hayden Herrera y Martha Zamora son posteriores). Con el tiempo la doctora publicó un libro que superaba con creces su libro anterior sobre Frida. Me refiero a Frida Kahlo. La pintora y el mito (México, UNAM, 1992). Como el título del libro lo dice, la doctora buscaba desmitificar al personaje, establecer una separación clara entre su producción artística y el mito que envuelve a su persona. La parte más interesante y provocadora del libro es, sin duda, “Reflexiones para una patobiografía”. Con la herramienta psicoanalítica en mano, fiel a sus convicciones, Teresa del Conde se introduce en la obra de Frida Kahlo, entra en la vida interna de su personaje para develar el origen de su drama existencial y sus obsesiones (el dolor, la maternidad, la muerte). Del Conde crea su propia Frida: un ser excepcional, una mujer valiente que estoicamente soportaba el dolor, una pintora bastante desigual (autora de cuadros de gran nivel, pero también de otros mediocres), una especie de santa laica que nos dejó en su obra los fragmentos de su retrato, las claves de su alma atormentada.

Funcionaria cultural

La labor de Teresa del Conde como funcionaria cultural merece un comentario. Fue directora de Artes Plásticas del Instituto Nacional de Bellas Artes, de 1982 a 1987. Poco tiempo después, a invitación de Víctor Flores Olea, titular del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, tomó posesión como directora del Museo de Arte Moderno en junio de 1990. Durante casi once años dirigió al MAM. El museo de Chapultepec vivía entonces una situación difícil. Luego de la destitución de Jorge Alberto Manrique a principios de 1988 (como consecuencia del “acto de fe” celebrado al interior de la institución por las hordas de Provida), el museo entró en crisis. Para colmo, entre 1989 y 1990, el recinto tuvo como titular a un arquitecto muy prestigiado, Luis Ortiz Macedo, quien estaba convencido de que este tipo de instituciones se dirigen a distancia, pues asistía a su oficina una vez al mes. Teresa del Conde llegó para cambiar las cosas y darle un nuevo rostro al recinto.

            Cuestionada a menudo como funcionaria cultural (primero como titular de Artes Plásticas del INBA y luego como directora del Museo de Arte Moderno), Teresa del Conde supo siempre defenderse y salir avante en la respuesta a sus críticos. La verdad es que bajo la batuta de la doctora, el MAM vivió una época brillante durante los años noventa. En ese tiempo hubo exposiciones memorables como El Setecento Veneciano (1991), Aparición de lo invisible (1991-1992), Don Giovanni. Los artistas celebran a Mozart (1991-1992), Encuentros. De la historia del arte en el arte contemporáneo mexicano (1992-1993), Giorgio de Chirico. Obra selecta (1993-1994), Visiones de Estados Unidos: realismo urbano (1996) y Diálogos insólitos (1997), entre otras. También se realizaron muestras que anunciaron el cambio de paradigma en el arte mexicano: Lesa natura. Reflexiones sobre ecología (1993) y Acné o el nuevo contrato social ilustrado (1996), ambas curadas por la dupla Carlos Ashida/Patrick Charpenel. Y exposiciones de maestros del arte mexicano ya extintos como Jesús Guerrero Galván, Alfonso Michel y Fermín Revueltas, y de artistas vivos como Miguel Ángel Alamilla, Rafael Cauduro, Francisco Castro Leñero, José Castro Leñero, Irma Palacios, Carla Rippey, Arturo Rivera, Jesús Urbieta y Germán Venegas, entre otros.

Polemista

No debe soslayarse la faceta de Teresa del Conde como polemista. Ya como crítica de arte o como funcionaria cultural, la doctora siempre estuvo dispuesta a desenvainar la espada si de defender sus ideas se trataba. Son memorables las numerosas polémicas que sostuvo con Raquel Tibol, sobre todo en los años ochenta. Pero también sostuvo en aquella época polémicas con el crítico peruano-mexicano Juan Acha y el pintor Vlady. Una polémica posterior se dio en el año 2000. Todo comenzó el miércoles 12 de julio de ese año. Ese día se publicó en el diario Reforma el artículo “Distracciones del campo auditivo”, de Cuauhtémoc Medina. El prestigiado historiador, crítico y curador afirmó: “Mientras el sector anacrónico de la producción artística y sus becas, premios, salones y concursos, se aferra a la idea de especificidad de los 'medios tradicionales', para la práctica contemporánea los bordes entre las disciplinas se han diluido para activarse”. La doctora decidió iniciar una polémica con su colega y fue así que escribió un artículo en respuesta a Medina, el cual se publicó el 18 de julio en La Jornada.

            Los dos campos estuvieron desde el principio bien definidos. Por un lado, la doctora Del Conde con una postura más a favor del arte tradicional, el arte con A mayúscula. Por el otro, el doctor Medina a favor del arte contemporáneo, un arte que responde a un nuevo orden y se rige bajo parámetros distintos. Al texto de Del Conde (“Amateurismo polimorfo”), Medina respondió con el texto “El derecho a la contemporaneidad” (La Jornada, 24 de julio). La respuesta de la doctora no se hizo esperar y publicó: “In-forme” (La Jornada, 25 de julio). Cada uno de los contrincantes expresó libremente sus argumentos y el resultado final fue un horrible empate. No podemos saber quién habría ganado de continuar la polémica pues, inexplicablemente, un texto más de Medina, fechado el 9 de agosto, no fue publicado. Sin embargo, se encuentra reproducido, con todos los otros textos, en la parte final de un libro de la doctora ya mencionado: Una visita guiada. Breve historia del arte contemporáneo de México

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