Populismo anticuratorial

Escrito por  Antonio Espinoza 21 Dic 2015

Fue un experimento sumamente interesante. El año pasado, en La Maison Rouge de París, se presentó la exposición Le mur, curada por un programa informático. Quien concibió la idea y la llevó a cabo fue el dueño del mencionado espacio cultural: Antoine de Galbert. A él se le ocurrió utilizar un algoritmo del método de Montecarlo –que sirve para calcular probabilidades mediante secuencias de números aleatorios- con el fin de seleccionar obras de su propia colección y ordenarlas en los espacios del museo. El resultado del experimento fue que las salas del recinto se vieron abarrotadas por numerosas obras, a veces tan diferentes entre sí, que resultaba muy difícil descubrir un discurso coherente. Sin embargo, esta suerte de “azar controlado” hizo posible que entre las piezas exhibidas se establecieran conexiones verdaderamente audaces –“mágicas”, las llamó De Galbert- que bien podían activar la imaginación del espectador. Con actitud provocadora, De Galbert prescindió de la figura humana del curador para recurrir a una máquina y montar una exposición.

 

Traigo a cuenta el experimento parisino porque recientemente fue inaugurada una exposición animada con la misma idea de cuestionar el trabajo de los curadores. Me refiero a Sin comisario, que se presenta en el Museo de Arte Moderno del Estado de México (Boulevard Jesús Reyes Heroles 302. Col. San Buenaventura, Toluca, Centro Cultural Mexiquense). Convocados por los pintores Arturo Buitrón y Gabriel Macotela, por el fotógrafo Rogelio Cuéllar y el mismo museo, 117 artistas de distintas generaciones y tendencias, se convirtieron en curadores de su propio trabajo y, sin restringirse a una temática específica, escogieron libremente una obra para participar en la muestra. Aquí no se recurrió a ningún algoritmo, más bien se apostó por el buen ojo de los autores para juzgar su propia obra. El resultado de este ejercicio “acuratorial” es una muestra esencialmente caótica, sin pies ni cabeza, con piezas buenas y malas que apenas pueden convivir. Para explicar este desaguisado se podría decir simplemente que los artistas no son los mejores curadores de su obra. De acuerdo, pero el asunto es un poco más complejo.

 

Si alguien pensó que el viejo conflicto arte tradicional versus arte contemporáneo había sido superado, se equivocó. Todavía hay artistas –muchos, según parece- que no se resignan al cambio de paradigma que se dio en el arte mexicano en los años noventa y se sienten relegados. Consideran injusto que las instituciones culturales privilegien a los exponentes del arte globalizado y ven a la figura del curador como la encarnación de un poder autoritario contra el que hay que rebelarse. Es por eso que un grupo numeroso de artistas decidieron participar en Sin comisario para mandar un mensaje: si los curadores no nos pelan, los hacemos a un lado y exhibimos por nuestra cuenta. La idea es seductora, pero si se cae en el amiguismo y no hay rigor en la selección de obra, el desastre es inevitable. Este es el problema de Sin Comisario, exposición fallida que se muerde la cola: contrariamente a su objetivo, revela que el curador sí hace falta.

 

¿Cuál es el problema de Sin comisario? Respuesta a manera de parodia clintoniana: “¡Es la curaduría, estúpidos!”. Y es que desde el principio, todo fue una anomalía. Buitrón invitó a un grupo de artistas, Cuellar invitó a otros y lo mismo Macotela. Más no sólo eso: por parte del museo también hubo invitados (artistas mexiquenses, supongo). De esta manera, se formaron cuatro “cadenas” de artistas invitados que fueron creciendo poco a poco, hasta llegar a la pavorosa cantidad de 117 expositores. Y podrían ser más si nos guiamos por la lógica. Si participa Roger von Gunten, ¿por qué no Cuevas, Felguérez o Rojo? Si participan tres de los hermanos Castro Leñero (Alberto, Francisco y José), ¿por qué no está Miguel? Creo que los organizadores de la exposición decidieron parar porque de incluir más obra no habría cabido en el museo. En su afán anticuratorial, “democrático” y más bien populista, permitieron que entrara de todo. En una mampara, por ejemplo, cuelga un cuadro mediocre de Eric Pérez junto a uno excelso de Luciano Spanó. Pérez es un espléndido paisajista, pero mandó un cuadro malo a la muestra. Lo mismo hizo Luis Argudín…Los organizadores no quisieron ser curadores y aceptaron lo que fuera.

 

Hay obras de alto nivel en la exposición. En cuanto a la pintura: Rodrigo Ayala, Rocío Caballero, Verónica Conzuelo, María Ángeles Chávez, Beatriz Ezbán, Manuel Generali, Rigel Herrera, Carlos Jaurena, Ulises Licea, Gustavo Monroy, Roberto Parodi, Ignacio Salazar, Patricia Soriano…En cuanto a la escultura: Benjamín Domínguez, Víctor Guadalajara, Flor Minor, Antonio Nava, Paul Nevin, Gustavo Pérez…El problema con las obras de calidad –no sólo pinturas y esculturas, también fotografías y grabados- es que pierden su brillo junto a obras malas, de autores muy menores. Un caso patético: un tal Juan San Juan, cuyo prestigio no rebasa las paredes de su casa. Resulta curioso, por otro lado, que entre lo mejor de la muestra se encuentren obras plenamente contemporáneas. Pienso en las esculturas orgánicas de Claire Becker, el mueble de madera con pequeñas esculturas de bronce y latón de Jeannette Betancourt, la pieza lúdica de Aurora Noreña, la construcción en madera de Eduardo Romo y los encapsulados en resina de Rodrigo de la Sierra. Llama la atención que en una muestra “rebelde”, anticuratorial, se presenten este tipo de obras…¡tan del gusto de los curadores globalizados!

 

Reitero: si algo demuestra Sin comisario es que el curador es necesario. La verdad es que la figura del comisario (su equivalente en inglés: curator; traducido al español: curador), en tanto figura de intermediación entre el artista y el público, es imprescindible dentro del sistema artístico. Pero hay quienes no piensan así, como Arturo Buitrón, uno de los organizadores de la muestra, quien ha declarado que rechaza el “trabajo conjunto” entre artista y curador y la pretensión de éste de reclamar “la coautoría de la pieza, delegando así al creador a un segundo término”, cosa falsa a todas luces. Con la misma postura anticuratorial, otro de los organizadores, Rogelio Cuéllar, ha definido a la exposición como “una antología del arte en México” y “una bola de nieve que ya nadie podrá parar para cambiar la forma de exhibir el arte en los espacios públicos”. Con todo respeto para el prestigiado fotógrafo, creo que una muestra tan deficiente como Sin comisario difícilmente podrá cambiar algo. El poder del curador, nos guste o no, seguirá existiendo.

 

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