La historia oculta (o el archivo muerto) de los movimientos artísticos y sociales

Escrito por  César Horacio Espinosa V 08 Oct 2013

Son todos esos sistemas de enunciados (acontecimientos, por una parte, y cosas por otra) los que propongo llamar archivo. (…) Por este término no entiendo la suma de todos los términos que una cultura ha guardado en su poder como documentos de su propio pasado, o como testimonio de su identidad mantenida (…)

El archivo es en primer lugar la ley de lo que puede ser dicho, el sistema que rige la aparición de los enunciados como acontecimientos singulares (…) En su totalidad, el archivo no es descriptible, y es incontorneable en su actualidad.

Michel Foucault, Arqueología del saber

Los enunciados no son palabras, frases ni proposiciones, sino formaciones que únicamente se liberan de su corpus cuando los sujetos de frase, los objetos de proposición, los significados de palabras cambian de naturaleza al tomar posición en el «Se habla», al distribuirse, al dispersarse en el espesor del lenguaje.

Gilles Deleuze, Foucault

En 2002 planteábamos: “El transcurso de una generación (1970-2000) en el ámbito de la cultura formal ha sido poco historiado por los expertos en culturología. (…) Lo anterior se compagina con otra circunstancia muy verídica: para dar su testimonio, para documentar con respecto a las acciones que ejecutaron o el desenvolvimiento de sus proyectos, algunos productores artísticos se ven llevados a la tesitura de desempeñarse como críticos e historiadores e intentar dar a la publicidad artística (en el sentido de Habermas) su respectiva trayectoria.

“Ha sido el caso de Maris Bustamante, por ejemplo, con su historia todavía sin editor de los no objetualismos en México, o de Víctor Muñoz con respecto al grupo Proceso Pentagono y el Frente Mexicano de Grupos Trabajadores de la Cultura; a su vez, el mismo grupo Proceso Pentágono se vio en la necesidad de publicar como edición de autor la historia de la participación de los grupos mexicanos en la X Bienal de los Jóvenes en París (Grupo Proceso Pentágono, 1980).

“De hecho y en los hechos, una notable realidad es la carencia de fuentes de documentación y bibliografía sobre el panorama artístico y cultural después del 68. La historiografía de la política cultural y de los protagonistas de los últimos lustros ha sido hecha, principalmente, por los “culturólogos” reconocidos como Carlos Monsiváis, José Agustín, Néstor García Canclini (et al), Raquel Tibol, por mencionar a los más conspicuos. Éstos, si bien han rescatado parcelas considerables de nuestra vida cultural en las décadas recientes, también dejan en el tintero una buena cantidad de hitos, de referencias o pistas que no les interesan, que no son de sus preferencias o que optan por callar.

“Así, al despuntar el nuevo siglo las generaciones que surgen a la vida artística o profesional se encuentran ante un cierto vacío de referencias en cuanto a su  pasado inmediato, aunque siguen rutilantes las glorias artísticas de siempre y continúan manejándose los tabúes e irrisiones que hicieron mella en los 60 o los 80, o bien ni siquiera eso se ha renovado: siguen los mismos hígados y las mismas bilis. En tanto, los no poco burocratizados centros de investigación artística rizan el rizo acumulando fichas y opiniones en torno a lo que pasó en los 30 o los 50, pero a las tres de la tarde checan la tarjeta y no se hable más.”

Sigue siendo un capítulo crítico en la vida artística y cultural de nuestros países, revisar la compilación de acervos y colecciones por parte de los artistas, de algunos críticos y curadores. Es decir, el tema fundamental de la memoria colectiva sobre las propuestas llevadas a cabo por los mismos artistas o por colectivos ajenos al circuito del mercado o de la promoción oficial, es decir, al mainstream artístico, sigue siendo crítico en estas primeras décadas de principios del siglo XXI. Me permito incluir aquí citas de algunos artistas y curadores de arte en relación al tema de los archivos.

Artistas como Maris Bustamante, creadora e investigadora, fundadora junto con Mónica Mayer de los colectivos No Grupo y Polvos de Gallina Negra en los años 70 y 80, ha expresado que “los archivos de los artistas (…) son muy escasos, ya que la disciplina de guardar en buen estado y de manera más o menos ordenada, durante más de 30 años, no sólo lo que hacen sino documentos, libros, catálogos, cartas, textos, invitaciones, carteles, revistas y hasta sabrosas indiscreciones, requiere de un financiamiento y trabajo constante, actividad colateral a la conceptualización y realización de la obra.

“Para que estuvieran bien organizados deberían incluir no sólo su presencia como un conjunto no fragmentado y su protegido, sino la posibilidad de su consulta y su divulgación amplia social. En estos momentos, en que vemos peligrar la existencia de las instituciones de la educación pública y la cultura, serán los archivos de los artistas los que contribuyan a resguardar el conocimiento construido.”

Concluye proponiendo que se incluya en el curriculum académico de las carreras de los artistas de todas las disciplinas, conocimientos mínimos para la creación de archivos significativos.

Hoy sigue siendo un capítulo crítico para la vida artística y cultural de nuestro país la precariedad en la conservación y la compilación de acervos y colecciones de trabajos de realizadores que no producen para el mercado. Es cierto que algunas exposiciones o movimientos han logrado la edición de un importante catálogo, como son los casos del grupo Suma, del No-Grupo, del Arte Correo o del propio Felipe Ehrenberg con su exposición retrospectiva denominada Manchuria.

Sin embargo, aún se trata de casos excepcionales, de manera que el tema fundamental de la memoria colectiva sobre las propuestas llevadas a cabo por los mismos artistas o por colectivos ajenos al circuito del mercado o de la promoción oficial, es decir, al mainstream artístico, sigue siendo crítico en estas primeras décadas de principios del siglo XXI.

Ante ese panorama, resalta como un esfuerzo inusitado y lleno de futuro el surgimiento de Pinto mi Raya, en aquel ya lejano 1989; entonces, dentro de la tónica de los conceptualismos y aún dentro del impulso de lo que fue el movimiento de Los Grupos, en los años 1970, aparece como un espacio alternativo o galería de autor. Pero, al mismo tiempo, Mónica y Víctor daban el paso extraordinario de crear una gran base de datos –de papel, como lo imponía la época–, que recogía las secciones culturales de los periódicos para captar las informaciones y recabar los comentarios y críticas aparecidos.

Y en 1998 darían otro gran paso al ingresar en la dimensión del internet, cuando ponen en circulación una revista digital de arte contemporáneo que se llamó La Pala.com, así como un portal exclusivo para Pinto mi Raya que abrigó una buena parte de esos materiales para ser consultados mediante una suscripción.

Así, “Pinto mi Raya” ha realizado performances, acciones, proyectos de gráfica digital, lanzó una de las primeras revistas virtuales de arte contemporáneo mexicano, fue programa de radio, teletaller a distancia y ha constituido un importante archivo hemerográfico especializado en arte. 

Mónica ha dicho: Nuestro archivo es diferente. Susurra historias. Sugiere. Contrapone. Contextualiza. No es la memoria de un artista o de un grupo, sino un archivo en el que confluyen voces y visiones. Es horizontal.  Ante una comunidad dispersa (un archipiélago, diría Víctor), en la que los distintos actores difícilmente dialogan, en este espacio al menos conviven.   

Y aquí viene al caso recordar unas líneas planteadas por nuestra amiga Sol Henaro: La escritura de la memoria es desde luego un acto de poder y también de violencia. El soslayo o la disminución de determinadas potencias es un acto delicado, como lo es también, por ende, el mapear… Delicado tema el decidir, el editar para escribir en el momento de entramar el archivo. ¿Qué se determina prioritario y en base a qué criterios o estímulos? ¿Cómo determinar lo que se dejará fuera de ese acto o de esa escritura? ¿Acaso es posible librarse de las omisiones e invocar o dar lugar a TODO y a TODOS? ¿Si eso fuera posible, acaso sería útil o tendría sentido?

Después de las revueltas libertarias que se han escenificado en diversos lugares del mundo, encabezadas por los “indignados” o desde la Primavera Árabe, impulsadas por los nuevos medios de difusión horizontal y personalizada, después de Wikileaks, vuelven a resonar las prédicas antisistemas de los Situacionistas, o de William Burroughs en los años 60, que demandaban la desaparición de la obra para evitar su apropiación por las fuerzas y medios masivos del Imperio. Estas posturas renovadas nos ponen contra la pared en la perspectiva de preservar, conservar y mantener la obra en vivo…

Alain Badiou incluye en su libro de 2008 (México) el balcón del presente. Conferencias y entrevistas, un Manifiesto del Afirmacionismo donde plantea la necesidad para el arte disidente de oponerse a la comunicación imperial, es decir, los sistemas predominantes de comunicación masiva que reproducen las formas de dominación del Imperio en la perspectiva de Toni Negri y Michael Hardt.

Las características de los nuevos dispositivos tecnológicos deconstruyen también la obra de arte en su carácter de singularidad. Por una parte, mediante sus capacidades de reproductivilidad y su inmaterialidad. Igualmente, por el sentido colectivo que asumen los procesos de producción y de recepción.

No se trata de pensar que la destinación del arte se haya trasladado simplemente de un sujeto individual al colectivo “las masas”, sino de entender que las nuevas prácticas han determinado la existencia de nuevas subjetividades colectivas surgidas a partir de nuevas prácticas enunciativas y significantes post-identitarios y post-esencialistas.

Terminaremos con Deleuze: El nuevo archivista anuncia que ya sólo considerará enunciados. No se ocupará de lo que de mil maneras preocupaba a los archivistas precedentes: las proposiciones y las frases. Desdeñará la jerarquía vertical dé las proposiciones que se escalonan unas sobre otras, pero también la lateralidad de las frases en la que cada una parece responder a otra. Móvil, se instalará en una especie de diagonal que hará legible aquello que por lo demás no se podía aprehender, los enunciados, precisamente. ¿Una lógica atonal?

Creo que a partir de su práctica multidimensional y creativamente productiva, siempre crítica y abierta a la disidencia, el trabajo de Pinto mi raya se ubica en la amplitud de la construcción de enunciados y cumple con plenitud su papel del nuevo archivista y de ejecutar las tareas diagonales del archivo en su perspectiva arqueológica de oposición al poder y la búsqueda de posibles ramificaciones libertadoras. 

            12 de junio, 2013, UAM Xochimilco

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